Viajar sintiendo los pulmones viejos, la fatiga des-ga-rra-da de felicidad...
las sombras que se asoman entre los labios
las huellas que deja el sol, bajo la tierra
bajo la piel...
la garganta atravesada por el frío de las noches que sólo quieren descansar
la inmensidad del mar que es verde y huele a fresco, o a frío que es lo mismo pero más intenso y con eco
las camas que sueñan pesado y saben a campo
la piel que se eriza...
(el desayuno no quiere esperar)
y, nuevamente... despertar
el despertar a un nuevo día de viaje
de sol, o quizá de lluvia y cielo gris y pesado
es distinto, todo es distinto ya
no sólo se trata de otro (nuevo) día
se trata de un nuevo choque celular
de que la sinapsis tomó otra energía para vibrar
las cerdas del arco del violín saben distinto
las páginas del libro de viaje, el pisar las hojas secas sobre el pasto sabe distinto
el olor a ruda, la vieja que barre, el sonido de la escoba al barrer, el viejito que cruza la calle del centro con bufanda, boina y bastón todo en gris y marrón
todo en gris y marrón...
y el corazón que late, vibra, resuena, es calor, color, energía, no para... y vuelve a latir...
(cíclico, todo es cíclico...)
el perro callejero busca comida
el bebé llora en brazos de su madre, que orgullosa camina con su pequeño en brazos
la pareja que tomá el caféconleche en el bar de la esquina de paredes añejas y erosionadas por el viento que no quiso esperar... (a nadie le gusta esperar...)
y yo, en racimos de nada y todo, y de frente al mar (que es verde), cierro los ojos... la profundidad inmensa y etérea penetra por las puntas de los dedos de mis pies, juega y cosquillea a cada diminuta célula y tras sucesivos choques e intercambios plenos de vida, llega a brindarle al que se ubica en el centro del pecho, y algo acurrucado, una caricia, un poquito de ese sol...
y ése que se ubica adentro, en el centro... algo acurrucado hacia la izquierda, en silencio grita... de felicidad, y piensa en (todo eso) que justamente, prefiere no hablar...
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