Venció el plazo, y el recibo del pago que se ausentó, dejó durmiendo al pasado, cargó pesadas maletas, escapó por entre los dedos de (todoeso) que nunca logró cosechar y se mudó a otro planeta donde el clima de hojas amarillentas permanece todo el año...
Previamente, brindó por todos los que ya no están, se columpió bajo el sol otoñal que moría por reflejarse en su mirada y con el deseo de olvidar, se clavó puñales de flores que le dejaron huellas de siete colores...
(ese mismo arco iris plasmó en su epitelio el calor que sus labios habían absorbido de algún lejano beso.. )
Ya no quiere re-co-men-zar aquí... el sólo hecho de pensarlo le cuesta, se queja, mufa y rezonga... (la practicidad, el simplismo, y el éxito no son amistades que la visiten habitualmente...)
No peca de orgullosa, no tiene vanidad... sus ojos a menudo desvanecen de tristeza, mueren ante ciertas palabras que él emite (o la mata cada respiración suya que no la toca, apenas la salpica...)
Ahora los atardeceres la dejan resguardarse bajo el fresco de algunos pétalos, el cielo le ruge, y ella tan sólo disfruta de poder contemplar con los ojos cerrados la melodía del paisaje que la envuelve...
(los sentimientos se traspolan)
Un aire pesado y sigiloso trae, como en un último suspiro, el canto de unos pájaros que aclaman, desde algún lejano nido, a la flor que perdieron en el camino... entonces, la tibieza de las manos, la fragilidad de los sentidos que como cristales ruegan ahora por no quebrar, la tersura de la piel que se funde con los suspiros y la respiración profunda, la dejan inventando imaginariamente sus labios con los dedos, recorriendo de memoria cada uno de sus lunares, trepando con su boca hasta el más recóndito escondrijo de su piel, y dibujando su olor en ella para no desprenderse de lo que fue...
Ahora y desde hace un tiempo, desde ése planeta de eternas hojas amarillas, escribe en el agua y observa a través de un ojo de buey - mientras escucha a Charlie Parker y fuma un viejo cigarro-, cómo la misteriosa ecología de la ciudad la llevó a encontrarse con la magia de despertar lejanamente cada mañana sintiendo la piel renovada, el recuerdo intacto y el espíritu feliz-men-te agotado de endorfinas que le saltaron encima como un gato por haberse des-a-le-tar-ga-do...
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