martes, 4 de diciembre de 2007

Revolución del sentir...

Caminando, después de un día no del todo bueno, me encontré con el violín y el piano. Estación Carlos Gardel.
Lo reconocí. Le hablé. Es el violinista que hace años tocaba en la peatonal de Villa Gesell en un cuarteto de cuerdas y oboe que deshacía mis sentidos. Creo que yo tenía doce o trece años. La chica del oboe era la hija de un amigo de papá. Sonaban simplemente INCREÍBLE...
Hoy, años después, el re-encuentro. Volver a escuchar esos acordes en manos de quien AMA tanto ese instrumento que ni hace falta mirarlo para darse cuenta. Es impresionantemente in-descriptible lo que me transmitieron desde que iba subiendo las escaleras desde el subte hasta la entrada al shopping.
Me dí, una vez más, cuenta de que lo que realmente me moviliza y emociona de punta a punta es la música armoniosa de un violín. Todo era paz. La gente caminaba alrededor, casi sin percibir la magia. Pero la magia no se esfuma. Pasaban casi inadvertidos. Sólo unas pocas miradas fueron dignas de acompañar semejante obra.
Esos son los momentos en los que me enorgullezco de que exista la música que me hace vivir, que me hace vibrar y que me hace recordar que se puede olvidar en tan sólo unos acordes, el mal día que se pudo haber tenido.
El sepia deja de ser sepia y los colores fluyen al son de cada nota. Cierro los ojos. Alrededor todo deja de existir. Sólo cobra forma lo que voy sintiendo con cada quinta, con cada abrazo a ese violín que quizá ya haya olvidado de poder tocar.
Melancolía. Orgullo. Emoción. Recuerdos. Amor. Vibraciones. Sentir.
Es TANTO lo que da. Es DEMASIADO lo que fluye, lo que me genera.
Entonces cruzamos unas palabras, recordamos esos viejos tiempos de la peatonal, de mi viejo, cuando pasábamos horas escuchándolos los tres juntos... mi vieja, mi viejo y yo. Le dí las gracias porque creo que, inconcientemente, fueron los precursores de mi amor por esa música, por la paz que me transmitieron, por el amor a ese instrumento.
Me enorgullezco, me enorgullece que todavía exista la magia del sentir, la revolución de los sentidos y que aún hoy los recuerdos no sólo sean sinónimos de melancolía... sino que sean lágrimas de felicidad las que fluyan por la emoción de que la música, sigue siendo lo que me hace vivir día a día.




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