Voy a la ferretería de barrio, esa grande grande, no a la chica que tiene todo amontonado.
Ya el olor de cuando uno entra, es particular y debo confesar que me trae recuerdos a esos sábados a la mañana cuando iba a trabajar a la ferretería de mi ex, para ayudarlo.
Quería que me atendiera el hijo del dueño que fue a mi colegio, pero me atendió otro que se sorprendió cuando le empecé a pedir una abrazadera para el sifón de abajo de la pileta de la cocina y le empecé a explicar lo que me había pasado. Puso cara de "la pibita esta vestida así modernita anda haciendo de plomera¡?". Después pedí otras dos cosas más, bien claras... y por dentro pensé (si supiera que alguna vez trabajé en una ferretería vendiendo bulones, y donde la pregunta que más hacía el sábado a la mañana era: "de media o de tres cuartos?". Me dio gracia y casi que esbocé una sonrisa tímida de costado. Mientras espero que me traiga todo lo que le pedí, me pongo a leer el suplemento de cultura de La Nación. Luego se acerca y me sigue mirando con una cara rara. Le pregunté por un par de cosas más que me hacen falta en casa, pero como recién cobré el aguinaldo y después de haber pasado por la farmacia y haber gastado un dinero en medicamentos, ya no puedo andar comprando zapatillas por 40 pesos, pinzas, alicates y el lujo de las pilas recargables de 20 pesos cada una, me retiro con mi bolsita de abrazaderas y otras cosillas más, necesarias (muy) hoy por hoy.
Mientras iba dejando ya el lugar, diario en una mano y cigarro en la otra, disfrutando del solcito del sábado a la mañana que me iba haciendo compañía, me acordé de mi amiga Valle, que siempre dice que cuando va a la ferretería se quiere comprar todo, y ahí la entendí.
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