lunes, 22 de diciembre de 2008

Fotoradiografía*

- Disculpame, ¿puedo sentarme acá?


Me preguntó un desconocido. Ante mis dos segundos de silencio, siguió:


- ¿O estás con alguien?

- Estoy esperando a alguien.


Mentí. Entonces el desconocido se fue a otra mesa.





Llueve desde que empezó el domingo. O al menos eso me parece a mí. Yo decido salir a caminar. Sin paraguas y anunciando la hora mágica. Llego a Havanna y espero que una pareja de viejos se levante de una mesa con sillones. Se van, me siento. Sólo consigo un suplemento de Turismo de La Nación y lo ojeo un toque. Punta Tombo, Purmamarca, Mendoza y San Luis. Ningún destino al que yo pueda emigrar ahora. Estoy sentada junto al vidrio frente a un kiosco de revistas y la luz es cada vez menor. Los faroles de la avenida van encendiéndose de acuerdo al grado de oscuridad. El agua en la calle refleja el andar de los bondis, los autos y algún solitario que, como yo, salió a caminar un domingo de lluvia, sacrificando una tarde caliente junto a su amante (si lo tuviera).

El desconocido que me preguntó si podía sentarse en mi mesa está a dos metros mío. ¿Tendría que haberle dicho que sí? ¿Por qué no quise compartir la mesa con él? Supongo que porque no soy ingenua. Además, si salí a caminar sola es porque quería estar sola. Sola como me gusta sentirme cada tanto. Sola como esos solitarios que están a las 3am en el msn al igual que yo, esperando noséqué. Podría decirse que Florecita es, cómo decirlo, esa chica con la que quisiera estar más de uno. No es hermosa, pero tiene algo. Ni tetas ni culo ni piernas ni. Sólo pelo bonito, sonrisa al instante (según algunos linda) y voz dulce. Cualidades que no son atributos que inciten las miradas en la calle. Sabemos que garpan más las voluptuosas, pero siempre hay algún pajero que la mira. A Florecita no le gusta que la miren, esa forma libidinosa de ser de los hombres. Pero si a ella le gusta el chico que la mira, se siente linda. Ése es su termómetro. Más de uno quisiera estar con ella, y ella estuvo con más de cien, pero el amor no resulta ser un número en la carnicería. Ella se enamoró del ciento uno y ahí se quedó. Firme como rulo de estatua y fiel, como perro espectral blanco que es.

Terminados el capuccino y el Havannet, saco el libro, Los estantes vacíos, de Ignacio Molina. Y fue en esa lectura que el desconocido me interrumpió y me puse a escribir esto. Entonces busco en mi bolso extra grande mi Mp4. Siempre me acuerdo que mi amigo Leo me decía que parecía un ekeko que cargaba bolsotes, bolsas y demás. Entre tantas cosas no lo encuentro y mi mirada va al cielo, emulando una oración, y eso basta para que mis dedos acaricien la preciada tecnología. Cat Power va con el momento. The Greatest es el tema que me va a acompañar junto con cada una de las gotas que resbalan en el vidrio. Me quedo un rato autista, escuchando, viendo cómo cambian los colores de la tarde. Las luces en el piso mojado. No pasa nada. Sigo con el libro hasta que decido cerrarlo cuando considero que estos instantes de domingo bien mío conmigo misma, mi música y mi yo, han finalizado.



*

1 comentario:

Anónimo dijo...

Como la música, lo que Florcita busca tiene más que ver con el sentir la armonía que con evitar el silencio

Tal vez el extraño debió invitarla a ponerse de pie y caminar, privando a las gotas del suelo-destino

felices fiestas, de verdadera verdad