Fue después de bastante tiempo que volvimos a encontrarnos. Me preguntó cómo estaba, le respondí que bien, y lo grandioso es que esta vez era cierto. Cuando yo indagé sobre lo mismo él sólo hizo una mueca que podía significar demasiadas cosas como para profundizar en ella en ese momento. Lo segundo que me preguntó fue si estaba sola. No se refería a si estaba en pareja, eso no le importaba, se refería a si estaba sola de verdad, sola. Pasaron por mi mente mis amigos, mi familia y toda la gente que me quiere y me acompaña sinceramente; me di cuenta que eran muchos y sonreí. Le respondí que no estaba sola y que esa era una pregunta rara, como todo lo que le gustaba. Entonces me confesó que él sí se había quedado solo. Yo creía que estaba contento rodeado de tanta gente, pero esa tarde me di cuenta no se sentía así. Me pregunté para mis adentros si el tiempo que habíamos brillado el uno para el otro había sido cierto. Repasé cada una de las cicatrices que me había dejado: eran dolorosas, pero algunas estaban tapadas con lindos recuerdos. Arranqué todos esos parches y miré detenidamente mi cuerpo, revisé qué tipo de heridas eran, cuáles podían desaparecer por completo y cuáles dejarían marca. La última que me había hecho era la más grande, y sin embargo era la única por la que nunca me había pedido perdón. Pensé que hay que ser sabio para aprender a ver las marcas que dejaron las caricias en lugar de las marcas que dejaron los golpes. Me desperté antes de que nos dijéramos algo más. Me levanté con un sentimiento extraño y vi que aun llovía.
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