lunes, 22 de junio de 2009

"Más allá de los cincuenta años empezamos a morirnos poco a poco en otras muertes. Los grandes magos, los chamanes de la juventud parten sucesivamente. A veces ya no pensábamos tanto en ellos, se habían quedado atrás en la historia; other voices, other rooms nos reclamaban. De alguna manera estaban siempre allí, pero como los cuadros que ya no se miran como al principio, los poemas que sólo perfuman vagamente la memoria.

Entonces —cada cual tendrá sus sombras queridas, sus grandes intercesores— llega el día en que el primero de ellos invade horriblemente los diarios y la radio. Tal vez tardaremos en darnos cuenta de que también nuestra muerte ha empezado ese día; yo sí lo supe la noche en que en mitad de una cena alguien aludió indiferente a una noticia de la televisión, en Milly-la-Forêt acababa de morir Jean Cocteau, un pedazo de mí también caía muerto sobre los manteles, entre las frases convencionales.

Los otros han ido siguiendo, siempre del mismo modo, Louis Armstrong, Pablo Picasso, Stravinski, Duke Ellington, y anoche, mientras yo tosía en un hospital de La Habana, anoche en una voz de amigo que me traía hasta la cama el rumor del mundo de afuera, Charles Chaplin. Saldré de este hospital. Saldré curado, eso es seguro, pero por sexta vez un poco menos vivo."




Julio, siempre tan adecuadas tus palabras que tan sólo basta un pensamiento para que se me venga a la cabeza todoeso que nos dejaste plasmado no sólo en un papel, sino en el alma.

Uno puede leer miles de libros, o intentar leer uno solo, una madrugada, después de un día que ya va dejando de a poco de sentirse agridulce, cuando se viene un aluvión de sentimientos que estallan. En esas palabras que re-leo porque necesito sentirlas, y en ese re-pensar y querer agarrar con las manos eso que ya no está, me viene esa angustia por sentir que voy olvidando. Sí. Tengo esa sensación. De que va pasando pasando el tiempo y otro año más y me siento rara. No estoy triste. Tampoco contenta. Estoy rara. Agridulce. Tibia.

Hasta hace unos años incluso solía preguntarme porqué otros tenían papá y a mí se me había ido tan pronto, y renegaba tanto de ello y lloraba y me ponía tan mal. ¿Porqué también mi nono y mi abuela? Porqué es la pregunta. Porque otros sí y a mí no. ¿Porqué hasta los 17 y una semana antes de que cumpliera los 18? ¿porqué no poder tener con quien entrar del brazo a la iglesia? ¿porqué no seguir pasando navidades, otoños, primaveras, pascuas, vacaciones, risas, llantos, discuciones, días y más días... porqué?

Ya no me vienen más esas preguntas y creo que, pese a mi corta edad (aunque siento que cargo con más otoños que los que dice mi dni) y tras perder a cada una de esas personas queridas que jamás -siendo más joven o niña- pensé iban a dejar de estar a mi lado, siento que ha muerto una pequeña parte de mí en ellas, con ellas. Y es justamente ese estado de rarezaagridulceytibio, el que últimamente me viene a visitar en días como el de ayer.





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1 comentario:

Anónimo dijo...

Ojalá no sólo pierdas en la vida. Ojalá ganes tanto, que te demande tanto, que poco a poco pese menos lo perdido.

Si el otro, el que no está, te mira desde algún lugar, sufrirá la culpa de no estar, de ver que te acosan días grises.

Uno puede mirar al cielo y quedarse ciego por el sol, puede mirar la noche y sentirse solo, o puede mirar, en cualquier momento, y sonreir, sonreirle a la inmensidad por permitirnos esta infinitud de paso.

Ojalá la felicidad te inhunde el pecho, porque no sos una Flor, sos un jardín.