martes, 29 de diciembre de 2009

Quedándote o yéndote*

La lluvia pasó indefectiblemente para teñir la tarde de tu recuerdo y de las huellas que tus manos dejaron posadas sobre un mate calentito y timidón que apareció sólo para traerte a vos* entre el epitelio de mis manos.
Y es inevitable el recuerdo de tu mirada dulce, tus manos que sabían de leyendas, de historias y de anécdotas de 1930. Esas manos que tanto trabajaron y acariciaron, que cocinaron, sembraron, cosecharon, leyeron, brindaron, sufrieron, se cansaron, y descansaron para resurgir sólo por amor, siempre por amor.
Tu andar plácido al acercarte al armario del patio para sacar la mesita plegable y "sacá la pava que el agua ya está lista... cortemos el pan dulce" y todos alrededor de ese corazón cálido y gigante que no puede competir con el más grande del planeta.
Y tu perfume, tus cofrecitos, los dibujos y las cartas, los pocillitos de café, el armario donde guardabas la caña Legui que yo te "robaba" los sábados mientras dormías la siesta, la heladera Siam, y los discos de tango, qué emoción tan inmensa y tan bonita. Qué tesoro tan grande guardo ahora conmigo. Qué afortunada soy.
Jamás podrás imaginar cuánto te quise, cuánto te quiero... Lo mucho que sufrí al verte mal, y cuánto deseo que nunca nos hubieras dejado. Pero nunca y siempre no existen, así que nos conformamos con la resignación y el recuerdo que sí toman presencia. Y el dolor, que a menudo sucede. Que simplemente, sucede... y que hay que dejar que pase, como al peatón en una esquina, como al colectivo que viene lleno para esperar al que viene atrás. Y uno se ve parado del otro lado, con el rojo enfrente, esperando a que simplemente suceda.


Por más que te hayas ido, estás acá, como en cada navidad, como en cada nuevo año, en el que eras nuestra única invitada. Lo seguirás siendo eternamente, y con honores.




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