Darse cuenta que el amor que uno siente eterno, quizá no lo sea, que las caricias cambian de rumbo y los besos son sólo huellas de aquellos labios que quizá algún día olvidemos.
Caer en la cuenta de que las fotos se destiñen, los recuerdos se tornan agridulces y las palabras toscas.
Observar la realidad desde una agencia que se ubica objetivamente a unos cientos de miles de centímetros, y verse resurgiendo, renaciendo, volviendo a cobrar fuerzas... volviendo a empezar... gritándole al olvido.
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