Qué extraña circunstancia es el dolor. Sí, después de todo sólo es una circunstancia.
El hecho de tener que dejar que siga escarchándose, rasgando mejillas y dejando a las sombras de la vida a alguien, no tiene que ser más que una circustancia. De hecho, tengo la firmeza empírica de que así resulta ser. Y esa impotencia de no saber cómo ayudar, qué decir, qué hacer. Fin del repertorio. Artimañas por doquier pero ninguna consigue el objetivo del rescate. Y justo en ese momento vuelve Kundera a mis manos, casi inevitablemente, como el Gloria tapas duras se hizo presente aquél invierno. Miro por la ventana, busco miradas cómplices que entiendan, pero hoy no las encuentro. Las etapas van siguiendo su curso natural tan inevitablemente como Kundera llegó hoy, de nuevo, a mis manos.
*
No hay comentarios:
Publicar un comentario