Podría decir que Raúl y yo teníamos aspectos en común.
El gusto por las cosas “de antes”: los teléfonos viejos, las bicicletas antiguas, las monedas, el coleccionismo, la ropa, el tango (y su melancolía), los afiches de Marilyn, los hombres con sombrero, los rincones que guardan historias, los relatos de los abuelos los días de invierno al ladito de la estufa, los besos de mujeres con faldas y hombres de traje y bigotes, los buñuelos de la abuela, las casas de techos altos con pisos de parqué y celosías...
el olorcito a tierra mojada, el sabor de la nostalgia, el resguardo al calorcito de los abrazos del té que adoptaba la forma de tetera el domingo a la tarde...
la paz de hamacarse en el patio, al lado de la la radicheta, el perejil, la lechuga y las calabazas, el murmullo del sauce cuando lo acariciaba el viento, observándolo con la mente en blanco...
los muñequitos antiguos, los rompecabezas, las fotos en blanco y negro, los vestidos, los trajes, los sombreros con plumas y los guantes. Las tardes de siesta y largas charlas. La estufa a querosene, los trapitos para los pies en invierno y las bombuchas refrescantes y juguetonas en verano.
La textura de la lana de los sweaters y bufandas tejidos mano, el aroma al café que se está haciendo en la cocina... las tacitas y pocillos de porcelana con flores, el calentador primus....
El jazz, los lentos y los bailes.
Las grietas en la pared de la terraza. Las tardes de lluvia a través de la ventana.
Las formas...todas, en sus diversos tamaños, colores y aromas.
Y todas esas cosas que al recordarlas hoy, nos trasladan a ESE momento dorado, a esa sensación de paz, de plenitud magnánima.
Hace aproximadamente tres días nos cruzamos con Raúl. El estaba en una escalera de pintor bien alta, con pico y pala en mano, arreglando algo. Se sacó el sombrero y me saludó, dejando ver su camisa arremangada. Nos quedamos hablando un rato de nuestras vidas hasta que al rato me dijo con ojos llenos de sal: “Hace 32 días me está atravesando la grieta más dura que pudiera haber imaginado vivir”
Nos quedamos en silencio. No supe qué decir.
Pensé en la ironía de la grieta en la pared, él con ese pico y esa pala... y la grieta del alma, del corazón... el dolor que percibí en su mirada. El volvió a la pared como buscando encontrar una respuesta, una palabra, una explicación. Atónitos, nos quedamos en silencio, como temiendo sobre qué palabra utilizar para quebrarlo.
Nos despedimos diciendo alguna nimiedad. Observando cómo las nieves del tiempo -como diría Gardel- fueron adornando su cabeza en pocos meses... y me fui pensando en esa frase que dijo, y sobre todo en el hecho de que llevara un conteo tan exacto de los días del nacimiento de su grieta.
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